Los pedazos del ágora.
Por Sila Chanto

En el extremo existencialista que suele ser la esquina más profunda de la barra de una cantina, alguien recita la solución filosófica ante la inminencia de las elecciones: ¿Para qué votar si de todas formas la mayoría siempre se equivoca?. Lo más consecuente parece ser entonces, el suicidio político. Casi con nostalgia recordamos el diálogo inútil entre dos actores de la campaña pública de las elecciones anteriores. Como si fuera una rara enfermedad incurable, volvían los signos externos del monstruo de dos cabezas que parecía ser el bipartidismo político. Sin embargo, un remanente de esperanza nos permitía pensar que existía algún veneno mortal que diera al traste con su demagogia viperina sin alternativas ideológicas.
Aquella metáfora insuficiente de la canasta básica - que es la básica promesa incumplida- el insulto a la inteligencia en la cadena nacional, el proceso de continuismo partidista, la maniquea utilización de la pobreza como argumento, y más recientemente la excusa de la seguridad ciudadana, el tráfico de influencias que ha caracterizado la corrupción de la jerarquía política y jurídica del país, la carencia de liderazgo de los grupos alternativos de representación; han convertido la arena política en un circo donde la vedette con más espacios pagados en el concurso de simpatía, ya empieza a acomodarse la tiara y la banda cruzada en el pecho, haciendo gorgoritos para cantar del Himno Nacional.
En vísperas de las elecciones del año 2010, nos encontramos con una forma más sofisticada, más desarrollada de perversión democrática por encima del bipartidismo: el unopartidismo. Ahora solo una es la cara en las vallas publicitarias, una sola voz en el servicio del 190 haciendo campaña política, un rostro y sus máscaras posibles en la novela del pathos de la dominación. Ante este ataque de los medios, empieza a manifestarse con sospecha la certeza de que, aún si se deja en la papeleta el voto en blanco, si se le ponen los bigotes de Chaplín en El gran dictador a la casilla de los Arias (o cualquiera de sus relevos), si nos subimos a la escultura de los héroes1 como recurso simbólico para manifestar a través de un perfomance -más estético que político- el enojo y la indignación -más visceral que racional- ; la misma cara aparecerá omnipresente y megalómana en los recursos multimediáticos, para agradecer el voto de confianza de la mayoría (incluyendo el silencio quien se quedó en casa el día de las elecciones).
VOTAR NULO, NO QUEBRAR EL VOTO EN MINORITARIOS O NO VOTAR, EQUIVALE EN ESTAS ELECCIONES A FAVORECER LA CASILLA DE LOS ARIAS: NO A LA COMPLICIDAD DEL CONTINUISMO,
Texto escrito el 13 de junio del 2005, publicación extemporánea y sin embargo, vigente.
1 Subirse a los héroes, es decir, escalar la Escultura de los Héroes de la Campaña Nacional de 1856, el que en los recientes años, ha sido utilizado para manifestaciones artísticas o de denuncia de diputados o maridos atormentados que la han utilizado como escenario de su inconformidad.
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